Por eso digo que el cine hace bien en descubrir otras vías y en explorar nuevas posibilidades. Así como en su momento el cine tuvo que introducir música, diálogos, color o efectos especiales, ahora parece ser el turno de dar el salto a esas nuevas experiencias.
Imagino al hombre que por primera vez vio una película en la que los personajes hablaban, las ropas eran de colores o los protagonistas luchaban con espadas láser. “¿Qué demonios es esto?”, se preguntarían. Porque ni la primera película en color fue buena (‘La feria de las vanidades’), ni la primera que introdujo el sonido pasará a la historia por su narración (‘El cantante de jazz’). No eran buenas películas, simplemente introdujeron cambios novedosos, pero no fueron buenas películas.
Ayer vi ‘Avatar’, la nueva película de James Cameron, y probablemente me sentí como aquellas personas que después de ver una película de Chaplin se enfrentaron a un tostón de filme en el que los personajes hablaban, pero donde la trama era una auténtica patraña.
‘Avatar’ es algo parecido. Se le reconoce el mérito de la técnica y de la innovación. Supone un punto y aparte o, digámoslo así, una primera piedra de toque. Es un espectáculo visual que despierta los sentidos, es un mundo lleno de colorido, animales y seres realmente extraordinarios. Comprobar la profundidad de los elementos y cómo estos interactúan entre sí es una experiencia realmente impresionante.
Pero esa sorpresa no dura más de 30 minutos. Lo que va entre ponerse las gafas, sacarse una foto para enseñársela a los amigos, mirar a la pantalla, comentarle algo a la persona que te acompaña y descubrir cómo los gadgets de los personajes parecen salirse de la pantalla.
Pero como digo, la sorpresa dura tan sólo 30 minutos. Después vienen las reglas del cine, la justicia cinematográfica. Y en ese juzgado, las películas son condenadas por sus historias y no por su apariencia. Y en ese juicio ‘Avatar’ no tiene nada que hacer, así como un asesino no puede salvarse de la decisión de un tribunal por muy limpio y planchado que lleve su traje.
‘Avatar’ tiene una historia completamente predecible. Desde su planteamiento inicial, la película no sorprende al espectador y se pierde en clichés del cine comercial. Es decir, malos muy malos, buenos muy buenos, un mundo al que salvar, una batalla final, una pareja, amor, ecología barata… y tiros, muchos tiros, naves y robots de los que ya empezamos a cansarnos una vez que superamos la trilogía de ‘Matrix’.
Sin embargo, que ‘Avatar’ no sea una buena película no quiere decir que el 3D esté necesariamente condenado al fracaso. Al contrario, el 3D puede abrir nuevas y diferentes posibilidades de exploración cinematográficas. Pero si quiere triunfar, deberá recordar que en la memoria únicamente perduran las historias inolvidables. Los parques de atracciones como Disneyland no existirían de no ser por ‘Aladín’, ‘El Rey León’, y demás historias inolvidables.
PD: Es insultante que esta película se haya llevado el Globo de Oro a mejor filme y director. Veremos qué pasa en los Oscar.













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